sábado, 16 de diciembre de 2017

Caminando hacia la Navidad...

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Hacía bastantes días que no me pasaba por aquí (mil ocupaciones me lo han impedido) así que ya tocaba, aunque sólo sea porque se acerca la Navidad y son unas fiestas que me entusiasman. 
 

Creo que es la época del año que más me gusta. Quizá porque, salvo contadas excepciones, durante toda mi vida han sido días entrañables, lindos, pasados con la familia, con los amigos y con gentes muy diversas de muchos pueblos distintos de este país nuestro, tan bello.

También porque aún recuerdo los pinos que las familias de los militares americanos, de la base de Rota, allá en La Bermeja, en Cádiz, colocaban en su jardín. Pinitos adornados de espumillón y bolas de colores, para disfrute de todos. Nosotros, a imitación de ellos, pusimos nuestro primer árbol navideño y celebramos la Nochebuena, tras la cena, en la playa (porque el cuartel estaba en la playa), todos los guardias civiles y sus familias alrededor de un fuego inmenso hecho con las tablas traídas por el temporal días antes. Nochebuena de villancicos cantados bajo las estrellas con el sonido del mar como acompañamiento, iluminados por las estrellas, las luces de Cádiz y Puerto Real, a un lado, y al otro las de la base de Rota. Yo tenía 11 años y no podré olvidarlo nunca porque fue mágico.



O con seguridad porque es imposible olvidar aquellas dulces navidades de los polvorones y las tortitas de aceite que hacían, en esas fiestas, mi tía y la abuela Eladia, de Nueva Carteya, en Córdoba, o los rosquitos de anís que me daban los tíos y la abuela Pura, de Motril, en Granada.



Y aunque ya he guardado en un rincón de la memoria el sonido de las zambombas y las panderetas infantiles, con las que atormentábamos a todos dos meses antes de la Nochebuena, y las burlas que le hacíamos a las piaras de pavos que esperaban, en la plaza, a que se los llevaran para la cazuela, con toda seguridad, digo, mi amor por las fiestas navideñas se acrecentó, y no ha acabado nunca, al vivirlas en Coca, en Segovia, entre mis quince y dieciocho años, con sus nieves, sus pinares blancos, el olor de las piñas que se quemaban en la cocina y  en la estufa, la buena armonía que reinaba entre todas las familias del cuartel, mis amigas y los bailes a los que asistíamos alborotadas, dejando el viento y el frío y la nevada al otro lado de la puerta.

Nada podía hacernos mal en aquellos días de nuestra adolescencia, porque éramos hermosas y el mundo entero nos pertenecía.



Un año más, pues, estamos a las puertas de la Navidad. Una Navidad que aunque apenas trae nieve, poca agua, sólo algo de frío y bastante sol (al menos por donde vivo), yo deseo que sea dichosa para mi familia - con dos nuevas personitas, dos nenes preciosos que, con sólo dos días de diferencia entre ambos, se nos han incorporado a la familia hace apenas mes y medio - para mis amigos, y para todo el mundo. 

Buen fin de semana y nos vemos, de nuevo, antes de Navidad.

Mari Carmen